Hay gestos que no se ven, pero mueven el mundo.
Una mano que ayuda, un vecino que presta su tiempo, alguien que se adelanta para que otro no caiga.
Eso es, en esencia, una cadena de favores.
Y aunque no solemos pensarlo así, el seguro funciona del mismo modo.
Cuando contratas tu póliza, no estás “dándole dinero a una compañía”: estás contribuyendo a un fondo común que permite que, cuando alguien sufre un incendio, una inundación, un robo, un accidente o una enfermedad grave… pueda levantarse. Gracias a todos.
Hoy ayudas tú. Mañana te ayudan otros.
Eso es comunidad en estado puro.
Cada siniestro pagado, cada familia que recupera su casa, cada pyme que vuelve a abrir después de un desastre, cada indemnización que permite seguir adelante… forma parte de esa cadena invisible que une a millones de personas sin que se conozcan.
Y ahí, en medio, estamos los corredores: asegurándonos de que la ayuda llega, de que el sistema funciona con justicia, de que nadie queda atrás porque “no entendió bien la póliza”.
La Navidad recuerda siempre lo mismo: que cuidarnos unos a otros es lo que nos hace sociedad.
El seguro solo pone estructura a algo que llevamos haciendo desde el principio de los tiempos: protegernos entre todos.


