Hace poco se produjo uno de los robos más sonados del Museo del Louvre. No solo por el valor de las piezas que se llevaron, sino por cómo pudieron hacerlo: entrando al edificio por zonas sin vigilancia y accediendo a sistemas internos del museo con contraseñas tan débiles que daban vergüenza ajena.
Algunas eran… literalmente “LOUVRE”. Otras ni siquiera se habían cambiado desde la instalación del sistema. Resultado: acceso total a cámaras, alarmas y servidores como si no existieran siglos de historia guardados allí dentro.
Y ahora viene la parte incómoda:
¿Cuántas de tus contraseñas son tu nombre + tu año de nacimiento? ¿El clásico “123456”?
¿O peor aún: una misma contraseña para todo?
Porque aquí está el verdadero peligro: el efecto dominó.
Te hackean una cuenta → acceden al email → tienen tu Netflix à desde ahí resetean tu banco, tus redes sociales, tus suscripciones online… Y en cuestión de horas tu vida digital está patas arriba en manos de un ciberdelincuente.
El problema no es solo tener una mala contraseña. El problema es no tener un método para gestionarlas. La solución es simple: contraseñas largas y únicas, doble factor de autenticación y, si puedes, un gestor de contraseñas.
Tu vida digital merece estar bien protegida.


